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Punto Por Punto TV

Por Iván Téllez

Las llamadas batallas de aura, una tendencia que pasó de TikTok y otras redes sociales a plazas, escuelas y espacios públicos de México, ya llegaron a Cuernavaca, donde se ha difundido la realización de una competencia bajo esta dinámica en septiembre. El fenómeno consiste en enfrentamientos uno contra uno en los que los participantes utilizan poses, miradas, gestos, movimientos y actitud para demostrar quién tiene mayor presencia frente al público. La tendencia se ha extendido rápidamente por distintos puntos del país y actualmente también existen convocatorias que ofrecen premios económicos.

El concepto de “farmear aura” proviene del lenguaje de internet y los videojuegos: “farmear” significa acumular recursos o puntos, mientras que “aura” se utiliza para referirse al carisma, seguridad, estilo o presencia de una persona. En las competencias, los participantes buscan generar una reacción entre los espectadores mediante poses, expresiones faciales y movimientos, y el ganador puede ser elegido por el público o por un jurado. La mayoría de quienes participan en estos encuentros son jóvenes, particularmente estudiantes de entre 14 y 20 años.

Sin embargo, detrás de esta nueva tendencia existe un paralelismo evidente con prácticas desarrolladas desde hace décadas por la comunidad LGBTQ+ dentro de la cultura ballroom, particularmente en las llamadas balls, donde las personas compiten en diferentes categorías y utilizan el cuerpo, la imagen, la actitud y la expresión como herramientas de confrontación artística. La cultura ballroom se desarrolló históricamente como un espacio de resistencia y pertenencia para comunidades negras y latinas LGBTQ+, y posteriormente se expandió internacionalmente. En México, la escena voguera comenzó a consolidarse desde 2015, cuando se realizó el primer naafi ball, considerado la primera competencia de vogue en el país.

Una de las coincidencias más llamativas aparece en la categoría Face, una de las más antiguas y reconocibles del ballroom. En ella, las personas participantes compiten para demostrar belleza facial, simetría, estructura ósea, mirada, piel, labios, nariz y dientes, pero también deben saber “vender” su rostro frente a los jueces mediante actitud y presencia escénica. Es decir, no se trata únicamente de tener determinados rasgos físicos, sino de dominar la expresión y proyectar seguridad ante quienes califican.

La similitud con las actuales batallas de aura resulta particularmente visible en el uso de miradas, gestos faciales, poses, actitud y capacidad para provocar una reacción inmediata en el público. La diferencia fundamental es el contexto: mientras las batallas de aura son una tendencia reciente nacida y viralizada principalmente en internet, Face forma parte de una estructura cultural mucho más amplia, vinculada con las houses, las balls, la identidad y las redes comunitarias construidas históricamente por personas LGBT. Por ello, integrantes y estudiosos de la escena pueden cuestionar que prácticas desarrolladas dentro del ballroom sean presentadas como una novedad desligada de ese origen.

El debate tampoco sería nuevo. La cultura ballroom ha enfrentado durante décadas procesos de mercantilización y apropiación cultural. Investigaciones sobre el movimiento han señalado que expresiones, categorías y elementos creados dentro de comunidades LGBT negras y latinas fueron posteriormente incorporados a la cultura comercial y al entretenimiento masivo, muchas veces sin reconocer suficientemente a sus comunidades de origen. La propia historia del vogue muestra cómo su popularización internacional estuvo acompañada de cuestionamientos sobre quién obtiene visibilidad, reconocimiento y beneficios económicos cuando una expresión nacida en una comunidad marginada se convierte en fenómeno comercial.

Así, la llegada de una Batalla de Aura a Cuernavaca en septiembre abre una discusión que va más allá de una moda viral: ¿se trata simplemente de una nueva dinámica juvenil inspirada en internet o de una reinterpretación de recursos que el ballroom lleva décadas desarrollando? La comparación con resulta inevitable por la importancia que tienen la expresión facial, la actitud y la presencia escénica en ambas prácticas. Para la comunidad ballroom, el cuestionamiento central no necesariamente sería que otras personas utilicen esos recursos, sino que una dinámica cultural pueda popularizarse como algo completamente nuevo mientras se invisibilizan los antecedentes, las comunidades y las historias LGBT que durante décadas construyeron esos lenguajes.

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