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Por Alejandra Díaz Rodríguez

Una civilización comienza a erosionarse cuando pierde la capacidad de decir “no”.

No el “no” arbitrario del autoritarismo, sino el “no” racional que protege el orden que hace posible la libertad. Educar ha sido, históricamente, una tarea profundamente conservadora en el sentido más noble del término: conservar el mundo para entregarlo a quienes llegan a él.

Hoy esa función está bajo sospecha.

Vivimos en una época que ha convertido la identidad en territorio ilimitado de autoafirmación. La subjetividad ya no dialoga con la realidad; pretende sustituirla. En ese contexto emergen fenómenos culturales como el de los llamados therians, jóvenes que afirman identificarse ontológicamente con animales que no pueden analizarse solo como excentricidades juveniles. Son síntomas.

Síntomas de una cultura que ha desplazado el límite desde la realidad hacia el deseo.

La pregunta no es si un adolescente puede explorar simbólicamente su identidad. La imaginación siempre ha sido parte constitutiva del desarrollo humano. La cuestión es más radical: ¿puede la autoidentificación redefinir los contornos de lo real?

Cuando la respuesta cultural comienza a inclinarse hacia el “sí”, la tarea educativa se vuelve crítica.

Hannah Arendt sostenía que la educación implica asumir responsabilidad por el mundo. El adulto no representa únicamente su opinión; representa la continuidad de una realidad compartida. Si renuncia a esa representación en nombre de la validación emocional, deja al niño sin suelo.

La abdicación de la autoridad no produce libertad; produce intemperie.

Por su parte, Immanuel Kant afirmaba que la autonomía no es hacer lo que se quiere, sino someter la voluntad a una ley racional que uno mismo reconoce como válida. La formación moral implica disciplina: aprender a distinguir entre inclinación y deber. Cuando la cultura enseña que toda inclinación es autojustificatoria, debilita la arquitectura misma de la autonomía.

Sin límite no hay carácter.
Sin carácter no hay libertad.
Sin libertad no hay ciudadanía.

El problema no es la exploración identitaria; el problema es la sacralización de la subjetividad.

Un niño necesita saber que sus emociones importan, pero no gobiernan. Que su imaginación es valiosa, pero no sustituye la estructura del mundo. Que la biología, la convivencia y el lenguaje no son opresiones arbitrarias, sino condiciones de posibilidad para la vida social.

El límite no es una agresión. Es una afirmación ontológica: la realidad no es maleable al capricho individual.

Decirle a un hijo que no todo deseo redefine su identidad no es negarle dignidad; es enseñarle proporción. Y la proporción es una virtud clásica que hoy parece olvidada. Aristóteles lo comprendía con claridad: la virtud es el justo medio regulado por la razón. Una educación que elimina la regulación abandona al joven a la tiranía de sus impulsos.

Paradójicamente, el discurso contemporáneo que pretende ampliar la libertad termina produciendo fragilidad. Si cada emoción exige confirmación externa, cualquier fricción se percibe como violencia. Y la vida adulta está hecha, inevitablemente, de fricción.

El hogar no puede convertirse en un laboratorio de validación ilimitada. Es un espacio de formación. Formar implica moldear. Y moldear implica resistencia.

La autoridad auténtica no es grito ni imposición; es firmeza serena. Es la capacidad de sostener el vínculo sin renunciar a la verdad. Es escuchar sin ironía, pero también sin ceder a la presión cultural de convertir cada narrativa en ontología.

Una sociedad que ya no distingue entre imaginación y realidad pierde su cohesión. Una familia que ya no establece límites pierde su función civilizatoria.

Educar en este tiempo exige valentía intelectual. Exige recordar que el amor no consiste en confirmar cada autodefinición, sino en preparar al hijo para habitar un mundo que no se ajustará siempre a su voluntad.

El límite, lejos de ser una forma de opresión, es una de las últimas defensas de la libertad real. Quizá nuestra generación de padres tenga que asumir una tarea incómoda: volver a ejercerlo.

Alejandra Díaz Rodríguez

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